
Seguramente, a muchas personas les puede parecer absurdo que se editen libros con un tamaño tan reducido que leerlos se convierte en un ejercicio casi imposible y cuyo empeño en hacerlo puede dejar la vista seriamente dañada.
Sin embargo, hace siglos no se "encogían" los libros por el extravagante espíritu de "conseguir el más pequeño todavía" sino por una cuestión puramente práctica: suponían un soporte pequeño y compacto en el que almacenar mucha información y así podían transportarse con mayor comodidad y menor esfuerzo, en una época en la que los medios de locomoción dejaban bastante que desear y los viajes se hacían interminables. En otras palabras, que perseguían el mismo objetivo que los actuales palms, móviles, ordenadores portátiles y demás automatismos: albergar muchos datos en poco espacio, como muestra la Biblioteca Jacobea de viaje del siglo XVII que se custodia en la Biblioteca Británica con la que ilustro este texto y que, como puede comprobarse, tiene un cuerpo o tamaño de letra totalmente legible.
Además, como el 80% de los primeros libros eran de carácter religioso, y las sagradas escrituras tenían un importante elemento simbólico y espiritual, estaban pensados, destinados y diseñados para ser llevados siempre en la mano (la típica imagen de los antiguos monjes encondiendo sus libritos de oraciones entre las anchísimas mangas de los hábitos...), enganchados a un cinturón o colgados del cuello... Así pues, los libros de horas, devocionarios y breviarios se hacían lo más pequeño posible para poder tener cerca de uno mismo la "palabra de Dios" (incluso en contacto con el propio cuerpo) y de paso facilitar su manejabilidad y soportar su peso. Pero este principio no sólo funcionaba con los textos católicos: los coranes, torás y demás libros sagrados de otras religiones fueron miniaturizados con el mismo fin.
Los mini almanaques y calendarios que tanto se popularizaron desde principios del siglo XVII en Inglaterra y a partir del XVIII en Francia, Alemania y Austria (y que no sólo contenían el santoral, las fiestas de guardar y los fechas señaladas del año sino que además ofrecían muchísima información práctica cotidiana y resúmenes históricos), también se realizaban en un pequeñísimo tamaño tanto por lo efímero de su contenido como para ser portados en los bolsillos de los chalecos de los caballeros o en las limosneras de las damas. Tanto gustaban estos pequeños almanaques, que se convirtieron en el regalo de moda en aquellos tiempos. Se comercializaban en primorosos estuches, acompañados de una lupa de dimensiones proporcionales a los libritos, que a su vez se encuadernaban a todo lujo en piel, nácar, marfil, carey, filigrana, esmaltes, seda, bordados, plata y oro... Convirtiéndose en verdaderas joyas.
A finales del siglo XVIII, la aparición de las teorías de Rousseau tuvo como una de sus consecuencias que se pensara en la educación de los niños también de manera lúdica. Empezaron a publicarse antonces libros de cuentos o didácticos destinados al público infantil en formato miniatura para hacerlos más atractivos a sus gustos y tmabién más apropiados al tamaño de sus pequeñas manos.
Hoy, sin embargo, el objetivo de los libros minúsculos se encamina más a valorar la habilidad en el proceso de fabricación y "miniaturización" tanto como en la belleza del producto acabado y su originalidad.

6 comentarios:
Qué tontería, nunca me había parado a pensar en la historia de los libros en miniatura. Sabía lo de los monjes pero desconocía por completo lo de los calendarios.
¡Gracias!
Gracias Rayuela. La verdad es que sobre los libros en miniatura hay bastante desconocimiento en general y, sobre todo, en España. Esto prueba que el formato no ha calado en nuestro país (más allá de los Crisolines de Aguilar y los cuentecitos de Calleja). Para mí, sin embargo, tienen un encanto especial porque su elaboración, precisamente por lo diminuto de su tamaño, es bastante más complicada y ello le otorga un valor añadido que a mí me cautiva, independientemente del valor literario de cada libro en cuestión. Por cierto, no hay obra clásica que no tenga edición mini y suelen estar, además, tan primorosamente encuadernadas que se convierten en verdaderas joyas. Vamos que en las ediciones microscópicas vale tanto el contenido como el continente.
Muy interesante esta historia. Yo no la conocía, pero aún así, tengo dos minilibros y los considero dos pequeñas joyas de mi biblioteca.
Historia interessante dos mini livros.
Parabens ,seus livros são perfeitos.
Ciao Susana, un saluto da Roma. Ciao
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