lunes 5 de mayo de 2008

Historia de los Libros en Miniatura


Como decíamos en el primer apartado de este blog, así se denominan a los volúmenes que no sobrepasan los 75 milímetros de alto. Aunque este punto, como también decía, varía según la época, los países y los especialistas. 

Pero los libros diminutos no son un fenómeno actual. Han existido siempre. De hecho, Plinio en su Tratado de Historia ya menciona la existencia de un pequeño manuscrito de La Iliada que cabía en una cáscara de nuez y son numerosos los ejemplares de tabletas de arcilla sumerias que no sobrepasan los 40 milímetros de tamaño.

Claro que los primeros creadores de estas obras minúsculas no se dejaron llevar por el espíritu extravagante del más pequeño todavía sino por cuestiones puramente prácticas: eran más fáciles de transportar y suponían un espacio pequeño y compacto en el que poder almacenar mucha información, aunque también tenían un aspecto simbólico importante y muchos de ellos, sobre todo los religiosos, se diseñaban para ser llevados siempre encima como amuletos o para poder orar con ellos en cualquier momento y lugar.

Con esa idea se realizaron multitud de devocionarios, breviarios y libros de horas. El ejemplo más cercano y lujoso lo tenemos en el Credo de Carlos V  que antes citaba, se trata de un precioso libro joya a modo de colgante que se conserva en la Biblioteca Nacional y que no mide más de 40 milímetros de alto. En 1480, el escribano florentino Salvadore Gaglierdelli creó un libro de oraciones, ilustrado con 17 miniaturas pictóricas, que medía unos 2 centímetros cuadrados. 

Pero debido a lo complicado de reducir a mano con los utensilios usados en esa época la compleja letra gótica de entonces, la mayoría de los ejemplares manuscritos en miniatura sobrepasan ese tamaño, del mismo modo que también la superan los primeros impresos.

Luego, a medida que la tecnología avanzaba, los libros pudieron reducir su tamaño aún más. En 1819, el ingeniero y grabador francés Henri Didot, talló y fundió una tipografía móvil de 2,5 puntos (este texto está escrito en 13 puntos) que era la más pequeña realizada hasta la fecha. Con ella se imprimieron multitud de cuentecitos, libritos de oraciones y almanaques.
Y, para rizar aún más, el rizo, Didot escribía los datos de imprenta con un punto 1.

Años después, Giacomo Gnocchi redujo aún más el tamaño de los tipos e intentó imprimir La Divina Comedia de Dante con un tipo llamado "occhio di mosca" (ojo de mosca) para crear un volumen de 33 x 45 milímetros. Pero las matrices eran tan diminutas y tan complicada su manipulación, que los cajistas abandonaban la tarea o quedaban con la vista seriamente dañada en el intento. Al final, la obra pudo imprimirse a tiempo para ser presentada en la Exposición Universal de París de1878, pero tardó en hacerse más de 40 años. Este tipo de letra se conoce también como "El dantino", por la estrecha relación que tiene con la obra del escritor italiano.

Desde entonces, las dimensiones no han parado de reducirse. David Bryce, de Glasgow, utilizó en 1895 la técnica de la “fotoreducción” para comprimir los textos y lograr, entre otras muchas proezas editoriales, crear un volumen de 15 milímetros que contuviera el Nuevo Testamento completo. En 1978, Gleniffer Press, de Escocia, publicó la obra Tres ratones ciegos en un volumen de 2.1 milímetros y, siete años después, consiguió imprimir el poema El viejo Rey Cole en un ¡microlibrito de 1.1 milímetros!