

Ediciones minúsculas españolas, haberlas haylas, aunque pocas... Al menos, si comparamos la producción de este formato en nuestro país con la de otros como Francia, Gran Bretaña, Alemania, los antiguos países de la Unión Soviética, Estados Unidos, Japón...
Y tampoco disponemos de bibliografía sobe este tema en castellano, salvo una publicación quincenal especializada, Ilustración microscópica, que apareció en 1891 y que medía 48 x 34 mm; el catálogo que realizó la AFEDA (Asociación para el Fomento de la Encuadernación de Arte) con motivo de la exposición Pequeños y Exquisitos: Tesoros en Miniatura, que tuvo lugar en el Museo de Artes Decorativas de Madrid en 2002; y la estupenda Microbibliografía Cervantina que editó en 2006 mi buen amigo y colega de afición, Manuel García de Fuentes Churruca, quien por cierto, continúa en el noble intento de editar minúsculos libros, con buen criterio y estupendo resultado.
En catalán, sin embargo, sí editó Josep Gibert en 1950 el estudio bibliográfico Els Llibres Miniatura que, aunque se refiere principalmente a los volúmenes de otros países, sí dedica un apartado a las ediciones minúsculas patrias.
No obstante, en España también se han editado pequeñísimos libros. ¿Quién no recuerda los cuentecitos de Calleja (recientemente reeditados y comercializados por entregas?
Saturnino Calleja, además de poner la lectura (tanto pedagógica como lúdica) al alcance económico de todo el mundo, realizando grandes tiradas a bajo coste y un pequeñísimo margen de beneficio, apostar por los mejores ilustradores de la época para hacer más atractivas sus publicaciones y captar un público poco acostumbrado a leer y realizar por primera vez acciones de marketing y publicidad editorial, también fue el primer editor español en lanzar una colección de cuentos de tan solo 70 milímetros de alto (tan popular por su bajo precio y numerosa que dio origen a la expresión “tienes más cuento que Calleja”) y abrió el camino a otras empresas, que años más tarde (entre la década de los 40 y los 50) publicaron, a imagen y semejanza de los “callejitas”, cuentos que no sobrepasaban los 75 milímetros. La editorial Roma, ed. Hijos de Rodríguez (Burgos), Gasso Hermanos, Fher, Esquitx (estos en catalán, se entregaban como suplemento de El Patufet en los años 30), la colección Panchito de Gaisa editores, etc. son algunos de los que se subieron al carro de las minúsculas ediciones que en ocasiones se vendían en los quioscos por 5 o 10 céntimos y otras se regalaban al comprar algunos productos como chocolates, caramelos... Por ejemplo, la firma Chocolates y Bombones Juan Camps, publicó 143 librillos de regalo publicitario de 70 mm x 50 mm que reproducen el Quijote íntegro en un total de 1.200 páginas.
Bruguera hizo lo propio en los años 60 con la gran colección Blancanieves (aunque sus cuentecitos habían crecido hasta los 85 milímetros) y la lista continúa hasta nuestros días.
Pero Calleja también apostó por el pequeño formato para una de las múltiples ediciones que lanzó de Don Quijote de la Mancha. Se trata de la “edición microscópica”, tal como aparece en la portada del libro, de 1902, con tapas en cartón con cromolitografía y sobre cubierta. También lanzó una edición sin fecha en tela editorial roja con planchas en negro y dorado; y otra de gran lujo, en piel. Claro que las medidas de su “microscópico Quijote” son bastante generosas para su definición: 98 x 67 mm. Aunque esta casa editó en 1923 (después de fallecer Calleja) otra edición en miniatura en dos tomos de 78 x 50 mm cada uno correspondientes a las dos partes del Quijote con una preciosa encuadernación editorial en plena piel con hierros dorados y caja de cartón, además de otras versiones más económicas también en piel, pero sin dorados.
Pero antes de los mini cuentos y los libros de Calleja, otros editores españoles apostaron, con mejor o peor fortuna, por el formato liliputiense, que en bastantes ocasiones también ha sido el elegido para otros quijotes, como bien ha estudiado Garcia de Fuentes, y a quien en otro momento dedicaré una entrada.


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