martes 1 de julio de 2008

Maria Victoria Garrido Bianchi





Mariví Garrido es, sin ninguna duda, la mejor arquitecta origámica española. Ha expuesto en el Craft Museum de Nueva York entre otros muchos espacios igual de relevantes; sus trabajos compiten con los grandes ingenieros de papel internacionales, son solicitados para formar parte de libros de referencia sobre este arte y están siempre tanto en mi colección y como en mi exposición Libros en movimiento.
Ahora tengo la satisfacción de contar con sus obras en edición miniatura también para La Biblioteca de Liliput y los libros que ha creado son tal maravilla que, aunque tengo pendiente escribir varias entradas aún, no puedo resistirme a la tentación de colgar las fotos de La catedral de León y el Glosario de Arquitectura que me ha regalado y que son las que preceden a este texto. Disfrutad de ellas.  


miércoles 14 de mayo de 2008

LIBROS EN MINIATURA - MINIATURE BOOK- MINIBUCH - MINILIBRI - LIVRE MINUSCULE…



Generalmente, se califica de formato "miniatura" a aquellos ejemplares cuya altura de lomo (referida a la encuadernación) no sobrepasa los 75 milímetros. Aunque esta clasificación, que recoge la Miniature Book Society, ha variado según las épocas, los países y los especialistas que han estudiado el tema.

Por ejemplo, en Europa siempre hemos sido más generosos con las dimensiones y aquí se ha considerado como miniatura incluso los formatos en "dieciseisavo", si nos atenemos al producto de doblar el pliego del antiguo papel de tina (el que se fabricaba a mano, con moldes y cuyas medidas eran de 32 por 44 centímetros), lo que ofrecía 32 páginas con unas dimensiones aproximadas de 12 por 6 centímetros. Claro que, como el pliego original no tenía el mismo tamaño en todos los países, el formato 16º tampoco mide lo mismo en todas partes. Así pues, si las descripciones que se hacen de los libros no incluyen sus dimensiones en centímetros o en pulgadas se complica bastante la tarea a la hora de buscar un formato determinado.

En cualquier caso, como norma general, en Europa suele aceptarse bajo la denominación de miniatura incluso las ediciones que alcanzan los 100 milímetros referidos a la mancha impresa, mientras que en los Estados Unidos, donde se encuentra la principal sociedad internacional de editores, coleccionistas y autores de mini libros, sólo se admiten como miniatura los que no sobrepasan los 75 milímetros referidos a su encuadernación.

También hay que tener en cuenta que, debido a lo complicado de reproducir a mano la compleja letra gótica que se usó durante siglos, la mayoría de los ejemplares manuscritos en miniatura que se conservan sobrepasan el tamaño que aquí comentamos. Aunque hay muchos libros de horas, breviarios y devocionarios que sí se ajustan a las medidas, como por ejemplo Las misas de San Francisco y Santa Ana (un minúsculo ejemplar de 5 x 4 centímetros preciosamente miniado, que es el códice mas pequeño que se conserva en la Biblioteca Vaticana), el Credo de Carlos V (un libro-joya diseñado para llevar colgado del cuello y que se encuentra en la Biblioteca Nacional de España), el Libro de horas de Maria Estuardo, el de Los Mediccis (en el Museo de Lázaro Galdiano)...

Por la misma razón y debido a los escasos recursos técnicos de entonces, los primeros libros impresos también sobrepasan el límite de la actual miniatura. Algunos autores como Douglas McMurtrie sugieren que un incunable puede ser considerado miniatura cuando no excede de los 120 milímetros, si la mancha impresa no sobrepasa los 75 milímetros de alto. Pero hay excepciones, como la de la Biblioteca Nacional de Francia, donde se conservan dos páginas de pergamino del Diurnale Moguntinum que supuestamente imprimió Peter Schoffer (el discípulo y seguidor de Gutenberg) entre 1462 y 1468 que sólo mide 94 milímetros de alto. Y ya en 1500 se imprimió un Officium Beate Marie Virginus de 33 milímetros del que no se conocen datos de impresión.

En La Biblioteca de Liliput, de la que a continuación hablo largo y tendido, puede verse un volumen en vitela de 1535 cuya encuadernación no sobrepasa los 80 milímetros de alto. Se trata de la vida de Tomás de Kempis y está impreso en Florencia. También cuenta con un ejemplar de sólo 50 milímetros, con tapas en piel, hierros secos y cierre con broche metálico, impreso en Alemania en 1613.

martes 6 de mayo de 2008

La biblioteca de Liliput


Así se llama la exposición itinerante de más de 1.000 libros en miniatura, desde el siglo XVI a nuestros días, que recorre España desde abril de 2006. Pertenecen a mi colección privada, formada por más de 2.000 minúsculas ediciones (las que no sobrepasan los 75 milímetros de altura de lomo referida a su encuadernación) que he ido reuniendo a lo largo de toda mi vida buscando en librerías de viejo y de bibliofilia por todos los países que he visitado, en subastas, salones y ferias especializadas o adquiriéndoselas directamente a sus creadores.
La foto que ilustra estas líneas corresponde al módulo por el que se inicia el recorrido de la muestra y es precisamente el que da nombre a la exposición: La Biblioteca de Liliput. Representa un despacho de estilo victoriano con más de 300 micro-libros (menos de 30 milímetros de altura) todos ellos impresos, realizados por artesanos miniaturistas y editores de formatos minúsculos de los cinco continentes, la mayoría contemporáneos, pero también muchos de finales del siglo XIX.

La recopilación de libritos de esta muestra prácticamente resume toda la historia del miniaturismo bibliográfico, que ha tenido en todas las épocas gran cantidad de seguidores... Aunque no así en España, donde, más allá de los Crisolines de Aguilar, siempre ha habido poca afición a este formato, debido en gran parte a que también ha habido poca producción editora de libros en miniatura.

Durante más de 30 años, esta mini biblioteca ha permanecido en el ámbito privado. En abril de 2006, salió a la luz por primera vez en una muestra sin pretensiones que se realizó por motivo del 25 aniversario de la fundación del Colegio Mirabal, de Madrid, del que soy antigua alumna. La modesta exposición escolar tuvo una repercusión mediática inusual y, desde entonces, mi colección ha sido solicitada por diferentes espacios oficiales.

En marzo de 2007, se expuso en la impresionante sala Borbón Lorenzana del no menos impresionante Alcázar de Toledo. Tras el éxito de crítica y público (como se suele decir) obtenido en la antigua capital española, la minúscula biblioteca ha iniciado un recorrido por toda España que ha tenido como siguientes paradas la Biblioteca Miguel de Cervantes de Burgos, el Archivo Histórico de Ciudad Real y, en octubre de 2008 se alojará en la Biblioteca Municipal de Cádiz.

lunes 5 de mayo de 2008

¿Qué puede verse en La Biblioteca de Liliput?
























































Entre las curiosidades más importantes que el visitante puede encontrar en esta exposición se encuentra un volumen en vitela sobre la vida de Tomás de Kempis, impreso en Florencia en 1535, cuya encuadernación no sobrepasa los 80 milímetros de alto.

También pueden contemplarse algunos ejemplos facsimilares de libros de horas y códices minúsculos e incluso una Biblia copta y algunas hojas originales manuscritas de los siglos XV y XVI de tamaño diminuto.

Aunque el bloque más importante de la muestra corresponde a los libros impresos entre el siglo XVIII y XIX, que fue la época dorada de este tipo de ediciones, y en el que no sólo se recogen ya textos de carácter religioso sino también lecturas dirigidas a la infancia y a las mujeres, tanto en su aspecto educativo o como lúdico.

Almanaques, libros de música, diccionarios, recopilatorios poéticos, biografías, tratados de historia, propaganda política... En total en esta muestra pueden verse alrededor de 1.000 ejemplares en más de 15 lenguas diferentes y en todo tipo de encuadernaciones (plata, marfil, nácar, cuero...) entre las que se encuentran, por ejemplo, un abecedario que mide 2 por 2 milímetros y que es la edición impresa (no reducida fotográficamente) más pequeña del mundo; una Biblia que mide cinco por cinco milímetros ó un Corán de 2 por 1,5 centímetros, también considerado como el más diminuto realizado hasta ahora. Y, por supuesto, las 20 ediciones más pequeñas del Quijote.

La muestra se acompaña de pequeñas escenas y maquetas que ayudan a contextualizar cada apartado y sorprenden por la cantidad de detalles y el preciosismo de su realización, como un scriptorium medieval, una reproducción de la imprenta de Gutenberg, una rotativa a escala 1/10 original de 1904 o una preciosa mini biblioteca con 350 micro volúmenes impresos y con todo lujo de detalles: óleos en miniatura, escribanías de plata, una colección de minúsculos globos terráqueos de principios del siglo XX... que hacen de la muestra una exposición didáctica, atractiva y muy original.




Ediciones miniatura en España



Ediciones minúsculas españolas, haberlas haylas, aunque pocas... Al menos, si comparamos la producción de este formato en nuestro país con la de otros como Francia, Gran Bretaña, Alemania, los antiguos países de la Unión Soviética, Estados Unidos, Japón... 

Y tampoco disponemos de bibliografía sobe este tema en castellano, salvo una publicación quincenal especializada, Ilustración microscópica, que apareció en 1891 y que medía 48 x 34 mm; el catálogo que realizó la AFEDA (Asociación para el Fomento de la Encuadernación de Arte) con motivo de la exposición Pequeños y Exquisitos: Tesoros en Miniatura, que tuvo lugar en el Museo de Artes Decorativas de Madrid en 2002; y la estupenda Microbibliografía Cervantina que editó en 2006 mi buen amigo y colega de afición, Manuel García de Fuentes Churruca, quien por cierto, continúa en el noble intento de editar minúsculos libros, con buen criterio y estupendo resultado. 

En catalán, sin embargo, sí editó Josep Gibert en 1950 el estudio bibliográfico Els Llibres Miniatura que, aunque se refiere principalmente a los volúmenes de otros países, sí dedica un apartado a las ediciones minúsculas patrias.

No obstante, en España también se han editado pequeñísimos libros. ¿Quién no recuerda los cuentecitos de Calleja (recientemente reeditados y comercializados por entregas? 

Saturnino Calleja, además de poner la lectura (tanto pedagógica como lúdica) al alcance económico de todo el mundo, realizando grandes tiradas a bajo coste y un pequeñísimo margen de beneficio, apostar por los mejores ilustradores de la época para hacer más atractivas sus publicaciones y captar un público poco acostumbrado a leer y realizar por primera vez acciones de marketing y publicidad editorial, también fue el primer editor español en lanzar una colección de cuentos de tan solo 70 milímetros de alto (tan popular por su bajo precio y numerosa que dio origen a la expresión “tienes más cuento que Calleja”) y abrió el camino a otras empresas, que años más tarde (entre la década de los 40 y los 50) publicaron, a imagen y semejanza de los “callejitas”, cuentos que no sobrepasaban los 75 milímetros. La editorial Roma, ed. Hijos de Rodríguez (Burgos), Gasso Hermanos, Fher,  Esquitx (estos en catalán, se entregaban como suplemento de El Patufet en los años 30), la colección Panchito de Gaisa editores, etc. son algunos de los que se subieron al carro de las minúsculas ediciones que en ocasiones se vendían en los quioscos por 5 o 10 céntimos y otras se regalaban al comprar algunos productos como chocolates, caramelos... Por ejemplo, la firma Chocolates y Bombones Juan Camps, publicó 143 librillos de regalo publicitario de 70 mm x 50 mm que reproducen el Quijote íntegro en un total de 1.200 páginas.

Bruguera hizo lo propio en los años 60 con la gran colección Blancanieves (aunque sus cuentecitos habían crecido hasta los 85 milímetros) y la lista continúa hasta nuestros días.

Pero Calleja también apostó por el pequeño formato para una de las múltiples ediciones que lanzó de Don Quijote de la Mancha. Se trata de la “edición microscópica”, tal como aparece en la portada del libro, de 1902, con tapas en cartón con cromolitografía y sobre cubierta. También lanzó una edición sin fecha en tela editorial roja con planchas en negro y dorado; y otra de gran lujo, en piel. Claro que las medidas de su “microscópico Quijote” son bastante generosas para su definición: 98 x 67 mm. Aunque esta casa editó en 1923 (después de fallecer Calleja) otra edición en miniatura en dos tomos de 78 x 50 mm cada uno correspondientes a as dos partes del Quijote con una preciosa encuadernación editorial en plena piel con hierros dorados y caja de cartón otras versiones más económicas también en piel pero sin dorados.
   
Pero antes de los mini cuentos y los libros de Calleja, otros editores españoles apostaron, con mejor o peor fortuna, por el formato liliputiense. La primera referencia que tenemos es en versión manuscrita, pero eso le vemos en la próxima entrada. 

Historia de los Libros en Miniatura


Como decíamos en el primer apartado de este blog, así se denominan a los volúmenes que no sobrepasan los 75 milímetros de alto. Aunque este punto, como también decía, varía según la época, los países y los especialistas. 

Pero los libros diminutos no son un fenómeno actual. Han existido siempre. De hecho, Plinio en su Tratado de Historia ya menciona la existencia de un pequeño manuscrito de La Iliada que cabía en una cáscara de nuez y son numerosos los ejemplares de tabletas de arcilla sumerias que no sobrepasan los 40 milímetros de tamaño.

Claro que los primeros creadores de estas obras minúsculas no se dejaron llevar por el espíritu extravagante del más pequeño todavía sino por cuestiones puramente prácticas: eran más fáciles de transportar y suponían un espacio pequeño y compacto en el que poder almacenar mucha información, aunque también tenían un aspecto simbólico importante y muchos de ellos, sobre todo los religiosos, se diseñaban para ser llevados siempre encima como amuletos o para poder orar con ellos en cualquier momento y lugar.

Con esa idea se realizaron multitud de devocionarios, breviarios y libros de horas. El ejemplo más cercano y lujoso lo tenemos en el Credo de Carlos V  que antes citaba, se trata de un precioso libro joya a modo de colgante que se conserva en la Biblioteca Nacional y que no mide más de 40 milímetros de alto. En 1480, el escribano florentino Salvadore Gaglierdelli creó un libro de oraciones, ilustrado con 17 miniaturas pictóricas, que medía unos 2 centímetros cuadrados. 

Pero debido a lo complicado de reducir a mano con los utensilios usados en esa época la compleja letra gótica de entonces, la mayoría de los ejemplares manuscritos en miniatura sobrepasan ese tamaño, del mismo modo que también la superan los primeros impresos.

Luego, a medida que la tecnología avanzaba, los libros pudieron reducir su tamaño aún más. En 1819, el ingeniero y grabador francés Henri Didot, talló y fundió una tipografía móvil de 2,5 puntos (este texto está escrito en 13 puntos) que era la más pequeña realizada hasta la fecha. Con ella se imprimieron multitud de cuentecitos, libritos de oraciones y almanaques.
Y, para rizar aún más, el rizo, Didot escribía los datos de imprenta con un punto 1.

Años después, Giacomo Gnocchi redujo aún más el tamaño de los tipos e intentó imprimir La Divina Comedia de Dante con un tipo llamado "occhio di mosca" (ojo de mosca) para crear un volumen de 33 x 45 milímetros. Pero las matrices eran tan diminutas y tan complicada su manipulación, que los cajistas abandonaban la tarea o quedaban con la vista seriamente dañada en el intento. Al final, la obra pudo imprimirse a tiempo para ser presentada en la Exposición Universal de París de1878, pero tardó en hacerse más de 40 años. Este tipo de letra se conoce también como "El dantino", por la estrecha relación que tiene con la obra del escritor italiano.

Desde entonces, las dimensiones no han parado de reducirse. David Bryce, de Glasgow, utilizó en 1895 la técnica de la “fotoreducción” para comprimir los textos y lograr, entre otras muchas proezas editoriales, crear un volumen de 15 milímetros que contuviera el Nuevo Testamento completo. En 1978, Gleniffer Press, de Escocia, publicó la obra Tres ratones ciegos en un volumen de 2.1 milímetros y, siete años después, consiguió imprimir el poema El viejo Rey Cole en un ¡microlibrito de 1.1 milímetros!

sábado 3 de mayo de 2008

Pop Up: libros en movimiento


Pop ups, desplegables, animados, movibles, sorpresa, de lengüetas, tridimensionales, mecánicos, mágicos, carrusel, juguetes. Los 150 volúmenes que muestra la Biblioteca «Miguel de Cervantes» del 29 de abril al 28 de mayo han recibido muchos nombres y definiciones a lo largo de su historia, según su origen, procedencia y especiales características, pero todos tienen un elemento común: son libros con movimiento.

La exposición presenta la evolución de este tipo de libros tan especial, atractivo y espectacular, haciendo especial hincapié en el diferente estilo de cada creador y con el fin didáctico de mostrar a los más pequeños el encanto de este tipo de publicaciones, que aprendan a recrearse en sus preciosas ilustraciones, valoren su trabajo, conozcan las técnicas que consiguen dar movimiento a una imagen o logran que ésta se vuelva tridimensional como por arte de magia.

Con este objetivo, además de mi colección, con la muestra viajan varios paneles de actividades con pop up que pueden ser manejados por todos los visitantes y se les ofrece la posibilidad de que ellos mismos creen sus propios modelos.

Un poco de historia

Aunque desde finales del siglo XIX estas ediciones se dirigían principalmente al público infantil, los primeros destinatarios de los libros móviles eran los adultos.

No se sabe quién introdujo el primer artificio mecánico en un libro, pero se tiene constancia de que en el siglo XIII en España y en Francia se empezaron a utilizar unas ruedas de papel superpuestas que, cosidas al libro por su parte central, permitían que éstas girasen. El filósofo mallorquín Ramon Llull las empleó con fines teológicos en su Ars Magna.

También las ilustraciones de los libros de anatomía empezaron a usar desde el siglo XV las solapas abatibles para mostrar, por capas, el interior del cuerpo humano. Un ejemplo espectacular de este estilo es De Humani Corporis Fabrica Librorum Epitome, de Andreas Vesalius, impreso en Basel en 1543. En la exposición, pueden verse tres bellísimas ediciones originales de tratados anatómicos de finales del siglo XIX y principios del XX.

La Revolución Industrial del siglo XVIII y XIX también se sirvió del sistema de solapas sobrepuestas y ruedas giratorias para mostrar los avances tecnológicos de la época, como el funcionamiento de las máquina de vapor; y también esta exposición cuenta con dos importantes ejemplos de este estilo.

El primer libro con movimiento destinado al público infantil fue Harlequinade, diseñado por el impresor y vendedor de libros londinense Robert Sayer alrededor de 1765. Y ya a finales del siglo XIX, la mayoría de este tipo de ediciones se dirigían a los niños con el único objetivo de entretenerles. En ese momento, en Inglaterra y Alemania se publicaron los más bellos libros móviles de la mano de artistas convertidos en editores como Ernest Nister, Lothar Meggendorfer y Raphael Tuck. Ellos son los responsables de lo que se ha denominado Edad de Oro de los libros desplegables y, por supuesto cuentan con un espacio de honor en esta exposición, tanto con volúmenes originales como con ediciones facsímiles, que describen la evolución de su trabajo y sus diferentes técnicas.

Dean & Son fue el primer editor en producir libros móviles a gran escala. Aprovechó las ventajas del nuevo método de impresión creado en Alemania: la litografía, y se centró en producir y vender libros originales y de novedad. Dean abrió un estudio en Londres donde tenía trabajando a varios equipos de artistas que diseñaban y manufacturaban todo tipo de complejos mecanismos movibles. De ese taller surgió el invento de la "lengüeta" que animaba al lector a tirar de ella para producir movimiento en la ilustración.

En 1880 los Hermanos McLoughlin se convirtieron en los primeros grandes productores de móviles en los Estados Unidos. Esta editorial se inspiró en los trabajos de Dean y ofrecieron productos similares al público estadounidense. Sus libros móviles también desplegaban escenas en forma de "multicapas" de diferente tamaño, de manera que las imágenes variaban sensiblemente al pasar una sola solapilla.

La primera Guerra Mundial hizo que la producción de este tipo de libros casi se paralizara. En ese tiempo, surgieron pocas ediciones y de baja calidad y no renacieron hasta la década de los 30 gracias a Louis Giraud y sus Bookano Series, de los que podemos contemplar algún ejemplo en esta exposición.

Pero quien introdujo por primera vez el término pop-up para describir el sistema que hace "saltar hacia delante" la imagen y cuya definición engloba actualmente a todo tipo de libros con movimiento fue Blue Ribbon Publishing of New York. La muestra cuenta con los primeros trabajos de esta editorial.

Durante los años 40, Julian Wehr animó un gran número de libros móviles de varios editores estadounidenses. Todos sus diseños operaban por el sistema de lengüetas que movían varias partes de la ilustración. Aunque este sistema ya era conocido desde hacía varias décadas, Wehr consiguió mecanismos mucho más flexibles que permitían mover las lengüetas hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo, proporcionando una gran variedad de movimientos en la imagen.

En los años 50 y 60, el rey indiscutible de los libros pop up fue Voitech Kubasta. El talento y profesionalidad de este artista que trabajaba para la compañía Artia, de Praga, inundó el mundo con espectaculares diseños tridimensionales de vivos colores e inmensos desplegables, como el dedicado a Colón o al Circo, que pueden verse en nuestra muestra.

Desde los años 70, los diseñadores actuales han logrado tal perfección en sus trabajos y tal complejidad de mecanismos que a su labor se le denomina oficialmente "ingeniería de papel". Nombres como Ron Van Der Meer, Robert Sabuda, Matthew Reinhart, Nick Bantock, Jan Pienkowski, David Pelham o la española Mª Victoria Garrido entre otros, han destacado por su arte y técnicas innovadoras y merecen una muy especial atención en esta exposición.